miércoles, 14 de marzo de 2012

¿Cómo apuntaban los arqueros medievales?

El arco no fue un arma especialmente difundida en los ejércitos medievales de Europa. Curiosamente, y a pesar de la devastadora eficacia que mostraron los arqueros galeses en batallas tan sonadas como Crezy o Azincourt, los milites de la época siempre prefirieron la ballesta.

Hoy quiero hacer mención a algo que, posiblemente, muchos se habrán preguntado cuando ven en las películas esas nubes de flechas que, con letal precisión, caen sobre las filas enemigas, diezmandolos antes de llegar al contacto. Por una vez, el cine no mete la gamba, aunque no explica como lo conseguían. Veamos como...

Los ingleses, que fueron los que más uso hicieron del arco, llegaron a ser consumados tiradores. De hecho, Eduardo III dictó curiosas normas al respecto a fin de fomentar al máximo la destreza con esta arma, como la obligatoriedad de todo hombre libre de poseer uno en su panoplia de armas en caso de ser llamado a la guerra, o incluso la prohibición, bajo pena de muerte, de dedicar sus ratos de ocio a otra cosa que no fuera entrenarse en el tiro con arco. Alguno me dirá: sí, tiraban de escándalo, pero, ¿cómo lograr esa precisión abrumadora cuando eran varios centenares o incluso miles los que disparaban al unísono? Pues de una forma sorprendentemente fácil, como ahora explicaré. Porque en la Edad Media podían ser un poco cafres, pero de tontos no tenían un pelo. Al grano:


Las líneas de arqueros solían ser varias, dispuestas una tras otra para, de ese modo, lograr lo que en términos militares modernos se denomina "fuego de saturación", o sea, una constante lluvia de proyectiles sobre el enemigo que, aparte de causar un tremendo número de bajas, lo apabulla psicológicamente. Para ello, cada fila disparaba de forma consecutiva, lo que unido a la gran cadencia que podían imprimir al disparo (hablamos de poner hasta seis flechas en el aire), el enemigo se veía literalmente abrumado por semejante lluvia de proyectiles. Pero las flechas, como todo lo que vuela, se ven muy afectadas por el aire, especialmente si este corre en sentido lateral, pudiendo desviarlas varios metros de su objetivo cuando se trata de cubrir grandes distancias.

Así pues, la técnica habitual era la siguiente:

La víspera de la batalla, si era posible, aprovechando la noche se hincaban en el terreno estacas separadas a distancias uniformes, quedando las más alejadas a la distancia máxima del alcance que podían conseguir, que rondaba los 300 metros. Si por el motivo que fuera no se podían hincar esas marcas en el terreno, quedaba al buen ojo de cada jefe de línea el cálculo de la distancia, y podéis estar seguros de que no se equivocaban.

Cuando comenzaba la batalla y el ejército enemigo se ponía en movimiento, esperaban a que alcanzasen la primera marca, y ahí comenzaba la fiesta. Tal como vemos en la ilustración de la izquierda, cada jefe de línea, situado en el extremo de la misma, iba equipado con una lanza en cuya asta tenía una serie de marcas correspondientes a cada distancia. Así, solo tenía que ajustar el empuñe del arco en la marca adecuada y el resto de la fila se limitaba a apuntar con el mismo ángulo de elevación. En el extremo de la lanza llevaba un banderín que permitía calcular la velocidad y la dirección del viento para llevar a cabo las correcciones necesarias antes de disparar. Una vez que toda la línea estaba dispuesta, se daba la orden de lanzar, partiendo una masa de cientos o miles de flechas que, implacablemente, caían en la misma zona.

El jefe de línea, como es lógico, también tenía una clara idea del tiempo que la flecha tardaba el llegar al blanco, por lo que, rápidamente, quizás sin darse cuenta debido a lo habituados que estaban, eran capaces de intuir en qué momento la línea enemiga estaría en el lugar donda caerían las flechas. Así pues, si el enemigo a batir eran tropas de a pie que avanzaban al paso, la distancia a corregir era menor que si se trataba de una carga de caballos coraza que avanzaban a galope tendido. De ese modo, línea tras línea iban disparando, convirtiendo la "tierra de nadie" en un matadero de forma que el enemigo, antes siquiera de llegar al contacto, ya había sufrido centenares de bajas, especialmente entre los peones y milicianos que, como ya se ha explicado sobradamente en otras entradas, disponían de un armamento defensivo muy deficiente.

Añadir que estos arqueros llegaron a ser tan temidos y odiados por sus enemigos que, por norma, en cuanto le echaban el guante a uno, lo primero que hacían era cortarle los dedos índice y corazón de la mano derecha, de forma que jamás pudieran volver a disparar. De ahí proviene, al parecer, la famosa V de "victoria" popularizada por Churchill durante la Segunda Guerra Mundial. No por la similitud de los dedos con la letra, sino de un gesto que, previamente a la batalla, los arqueros hacían al enemigo, mostrándoles que tenían sus dos dedos intactos, y que les iban a dar para el pelo en breve.

Visto en Castra in Lusitania.

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